sábado, 23 de marzo de 2013

Soundtrack Personal

Recientemente en twitter, facebook y hasta en el diario me ha tocado ver temas relacionados al "soundtrack". Ustedes saben, la lista de canciones que forman la banda sonora de una película -cualquier película. 

Hace algunos días, leyendo en el muro de un amigo, -tan estrambólico como el original- se me ocurrió, y se lo comenté, que sería buena idea crear el soundtrack personal: esa lista de canciones que ha sido parte de la banda sonora de  la propia vida, la mía en este caso. 

Por supuesto que en la vida son muchísimas canciones las que de un modo u otro se han quedado grabadas en la memoria, mucho más de las 15 ó 20 que componen el "CD con el soundtrack original de la película _____________ " (anoten el nombre de su película favorita sobre la línea en blanco); así que esta lista es enunciativa mas no limitativa -esta parte suena a un contrato de servicios- de la música que esta "ligada a [mis] recuerdos". Aunque la última frase parece comercial de "El Fonógrafo" (entiéndase "nostalgia", tal vez), lo cierto es que se trata de música, canciones que despiertan en mí todo tipo de recuerdos.
Fueron las primeras 20 que vinieron a mi memoria, por algo será.
Por cierto, aquí definitivamente falta una canción cuyo nombre jamás he averiguado, jamás he sabido qué grupo la canta y ni siquiera sé a qué género pertenece; sólo puedo decir que es en inglés. Esa canción me entró por los ojos, en la década de los 90´s vi dos o tres veces el video:  una linda mujer cuya historia toda -según recuerdo- se desarrollaba bajo el agua. Mucho azul y reflejos de luz además de un sinfin de burbujas. En el video, bajo el agua se amacaba -sí, en una amaca- y vestía al estilo, imagino, de Scarlett O´hara (protagonista de "Lo que el Viento se Llevó"). Definitivamente, rastrear esa canción es tarea digna para un melómano de tiempo completo, rockero aficionado, gran amigo y comprometido con la vida y con su gente.¿Qué recuerdos o sensaciones despiertan en mí? Ese ya es otro cantar...Ojalá que las disfruten tanto como yo al recordar los buenos, malos e inesperados momentos que tiene la vida. Las comparto en el orden que vinieron a mi recuerdo.

1- GENESIS - INVISIBLE TOUCH



2- PINK FLOYD - ANOTHER BRICK IN THE WALL PARTE 2



3- RAMONES - THE KKK TOOK MY BABY AWAY


4- PHIL COLLINS - EN EL AIRE ESTA NOCHE


5- GUNS N´ROSES - PATIENCE


6- ROLLING STONES - PAINT IN BLACK


7- THE BEATLES - GET BACK

8- CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL

9- PAPPO - DESCONFIO

10- ATTAQUE 77 - EL CIELO PUEDE ESPERAR

11- KISS - FUI HECHO PARA AMARTE


12- PATRICIO REY Y SUS REDONDITOS DE RICOTA - ETIQUETA NEGRA


13- ABUELOS DE LA NADA - COSAS MIAS


14- CHARLY GARCIA - YO NO QUIERO VOLVERME TAN LOCO

15- FLEMA - SI YO SOY ASI

16- MAL MOMENTO - CORAZON NEGRO

17- LOS PIOJOS - TAN SOLO

18- MISSISSIPI BLUES BAND - CAFE MADRID

19- 2 MINUTOS - CANCION DE AMOR

20- AEROSMITH - I DONT´T MISS A THING


Estas son las primeras 20 canciones que han venido a mi mente. Luego de terminar de armar la entrada, segui pensando en muchas canciones que me han marcado de una u otra manera. pero esas seran para mas adelante.
Te propongo que me comentes cual es el soundtrack de tu vida y armaré una publicacion de tus canciones. ¿Te copás?





viernes, 22 de marzo de 2013

Tirititi-Tirititi

Dice un amigo que hoy en día “hasta los chinos están hechos en China”, supongo es su manera de asumir lo que muchos nos tomamos a broma: una buena parte de las cosas que usamos están hechas, ensambladas, sub ensambladas, terminadas, o lo que sea, en aquel país. Y no sólo las copias baratas que uno puede encontrar en cualquier feria o todo por 2 pesos –según me dice el primo de un amigo-  sino hasta unSmartphone de última tecnología, la mega pantalla LCD que sacaste a 72 cuotas sin interes con la promo de la tarjeta de credito o la misma computadora en la que esto escribo…
…Perdón por la pausa, pero me dio curiosidad por comprobar mi dicho: el teclado y el mouse –equipo original, con etiquetas, hologramas y el nombre de la marca Yanki grabado por todos lados- traen por la parte de atrás una etiqueta que, entre otras cosas, dice “Made in China”; el pendrive que tengo tiene grabada la misma leyenda y lo mismo dice la caja de un juego de mesa que apenas compré dos semanas atrás. Vamos, no sólo copias y piratería, hasta los productos originales están hechos en China ¿por qué los chinos habrian de ser la excepcion?
El punto es que son tantas las cosas hechas en China que no es difícil creer que todo está fabricado allá. Pensando en ello me los imagino fabricando exactamente lo mismo sin importar la marca para la que lo usaran. ¡Vamos! eso sí que sería producción en serie y no pedazos: que están fabricando pantallas planas, bueno, pues todo lo que llevan por dentro imagino que es exactamente lo mismo y sólo cuando las pantallas llegan al final de la línea les ponen la etiqueta de la marca fulana o mengana junto con su instructivo en español, portugués o alemán –según su mercado final- o, mejor aún, esos nuevos instructivos multilenguaje que vienen como en 20 idiomas, versión moderna de la piedra Roseta que nos ilustran sobre cómo se escribe “cambie las pilas” en lenguas que –nada personal- ni en el mundo hacíamos.
Lo más probable es que cada fábrica se especialice en cada uno de los componentes –iguales a todas las pantallas, por seguir con ellas- y la del final arme las piezas, como si de un rompecabezas se tratara, en las carcasas que la marca fulana tiene en exclusiva para las pantallas que llevan su nombre; así alguna se especializa en construir el chip P24EA, otra en fabricar la resistencia de 3 ohm y una más en armar el circuito PCBx21.98G, por decir. Y el resto de nosotros los mortales, al comparar la marca fulana contra la zutana juramos que son completamente distintas cuando por dentro son la misma gata, pero revolcada.
Al menos a esa conclusión llegué después de toda una vida de cambiar a cada rato de reloj despertador. He tenido de todo tipo: grandes, pequeños –creo que hasta uno de Mickey Mouse-, digitales, de manecillas, con radio incluido, fosforescentes, transparentes –de esos a los que se les ven todas las entrañas-, de pilas, de los que enchufas al tomacorriente –los peores cuando se corta la luz-; algunos con botones, otros con perillas, interruptores, sensores y yo que sé cuántas mugres más. Si aún tuviera todos esos despertadores y los ordenara en una fila, cualquiera que los viera estaría dispuesto a jurar que son  completamente distintos, pero se equivocaría. En primera por el hecho de que la mayoría tenía grabado un –adivine usted…- “made in China”; y segunda porque todos, todos sin excepción, tenían al mismo proveedor de la alarma: un maldito chip cuya función es hacer “TIRITITI-TIRITITI-TIRITITI”.
Y yo me pregunto, siendo tan fácil armar un circuito para que haga casi cualquier cosa ¿por qué los de los despertadores los programan todos con ese maldito tirititi? ¡Por la tía Lola! que meterme con la tia es menos agresivo que despertarme con ese ruido. ¿O es que la mayoría tiene el sueño tan pesado que necesita un reloj despertador que suene como si los cuatro jinetes del apocalipsis se hubieran vuelto locos? Quizá el primer diseñador se tomo muy literal eso de “alarma” para reloj despertador y desde entonces a nadie se la ha ocurrido cambiarla; lo más seguro es que fabricar un circuito que sólo haga tirititi es lo más barato de producir y por eso todos los relojes suenan igual. Es tan violenta esa alarma que en su momento aprendi a despertarme justo antes de que empezara a sonar, cuando el reloj hace un pequeño “click” previo a su apocalíptica trompetita. Pobre de mí el día que mi brazo no era más veloz que el rayo.
¿Por qué a nadie se la ha ocurrido fabricar un reloj despertador MP3? Así cada quien lo puede personalizar como hacen todos con el timbre de su celular. Supongo que la mayoría se quedaría con el mentado tirititi –cuestión de gustos- y los realmente masoquistas buscarían algo más fuerte, aunque para ellos ya existen esos relojes despertadores que saltan en pedazos de la mesita de luz y no se callan sino hasta que podes armar de nuevo todas las piezas en que estalló.
Por eso desde que tuve mi primer celular me deshice de mi último despertador y desde entonces amanecer es una delicia al ritmo de la canción en turno; aunque me han dicho que mis alarmas, solo alarman a todos los demas y para mi mismo, más bien parecen canciones para arrullar que para despertar. Cuestión de gustos…   

Táctica

Dicen que una vez, había un ciego sentado en un parque, con una gorra a sus pies y un cartel en el que, escrito con tiza blanca, decía: "POR FAVOR AYÚDEME, SOY CIEGO". Un creativo de publicidad que pasaba frente a él, se detuvo y observó unas pocas monedas en la gorra. Sin pedirle permiso tomó el cartel, le dio vuelta, tomó una tiza y escribió otro anuncio. Volvió a poner el pedazo de madera sobre los pies del ciego y se fue. Por la tarde el creativo volvió a pasar frente al ciego que pedía limosna. Ahora su gorra estaba llena de billetes y monedas. El ciego reconociendo sus pasos le preguntó si había sido él quien re-escribió su cartel y sobre todo, qué que era lo que había escrito allí. El publicista le contestó: -"Nada que no sea tan cierto como tu anuncio, pero con otras palabras". Sonrió y siguió su camino. El ciego nunca lo supo, pero su nuevo cartel decía: "ESTAMOS EN OTOÑO, Y... YO NO PUEDO VERLA" Cambiemos de TÁCTICA cuando algo no nos sale, y verás que puede que resulte mejor de esa manera. 

lunes, 11 de marzo de 2013

GOING BACK - PHIL COLLINS

HERMOSA CANCION Y LA LETRA COMO SIEMPRE, PARA PENSAR Y REFLEXIONAR

EASY LOVER - PHIL COLLINS


YOU CAN´T HURRY LOVE - PHIL COLLINS


YOUR SONG - ELTON JOHN


TE BEATLES - FROM ME TO YOU


LOST IN YOUR EYES- DEBBIE GIBSON


CHICAGO - YOU´RE THE INSPIRATION


LAT IT DOWN - AEROSMITH


viernes, 8 de marzo de 2013

10.6 segundos. El gol del siglo

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética. Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.
También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.
Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.
En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.
Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.
Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.
De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.
Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.
Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.
Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.
No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.
Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.
Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.
Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».
Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.
Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.
Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.
Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.
Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.
Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.
A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.
Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.
«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.
Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.
Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.
Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.
Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.
Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos..., pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.
Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.
Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.
Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase ver

Messi es un perro

Me gusta leer, hace tiempo he perdido la costumbre y desde hace algunos dias la he retomado. Ya no compro ni pido libros prestados, no. ahora recurro a internet. 

Hoy me encontraba bastante aburrido durante las horas de trabajo, donde por cuestiones internas no habia nada que debiera hacer mas que esperar a que se cumpla el horario. Por ello,  recurro a mi smartphone, abro la aplicacion de blogger y comienso a navegar por diferentes blogs, con el objeivo de hallar textos que me atrapen.

Luego de de unos minutos de lectura sobre cosas que parecian interesantes y no lo eran tanto, encuentro Orsai Blog. 

Es el blog de un argentino que vive en Barcelona, y el año pasado escribio este articulo, el cual no solo me atrapo en su lectura sino que me ha hecho ver como en un espejo.

Me he sentido en la obligacion de compartir sus palabras...

 

Messi es un perro

▣ Hernan Casciari, lunes 11 de junio, 2012

La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.
Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.
Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes.
La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo.
Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.
De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.

No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.
Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue.
Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto.
El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad.
Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen.
¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.
Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.
Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla.
No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol.
Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro.
Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.
¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo?
¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?
No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.
Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja.
Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.
Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:
—El día que él quiera hará seis.
No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte.
Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.
Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.
Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.